jueves, 17 de noviembre de 2016

Español

¡Sólo mi canción sobrevivirá!
Gassir oyó el extraño canto del pájaro; luego fue a buscar al Sabio de la aldea y le contó lo que había oído.
-La perdiz tiene razón -dijo el anciano-. La fama del héroe es como la hierba. Antes de que termine el año, se seca. Pero una canción es eterna.
Al oír esto, Gassir fue a buscar al herrero, que era muy habilidoso, y le pidió que le hiciera un laúd.
-Te haré un laúd -dijo el herrero-, pero ¿sabrás tocarlo?
-Eso es asunto mío, no tuyo -respondió Gassir con arrogancia.
Entonces el herrero le hizo un laúd. Pero cuando Gassir intentó tocarlo, no salió de él ni una sola nota.
-¿Por qué el laúd está silencioso? -preguntó.
-Te dije que no sabrías tocarlo. Pero es asunto tuyo, no mío -rió el herrero.
Avergonzado, Gassir le contestó:
-Dime, ¿qué debo hacer?
El herrero inclinó la cabeza y reflexionó. Luego dijo:
-El laúd no es sino un trozo de madera. No sabe cantar porque no tiene corazón. Eres tú el que debe proporcionárselo. Llévalo contigo cuando vayas a combatir. Cuando su madera esté mojada por tu sudor y tus lágrimas, cuando tus penas se conviertan en sus penas y tu gloria en su gloria, ya no será simplemente un trozo de madera que yo habré transformado en laúd, sino una parte de ti mismo, de tu vida. Y entonces hablará.
Poco después, Gassir marchó a la guerra contra uno de sus enemigos.
Reunió a sus ocho hijos y les dijo:
-Vamos a combatir hoy. Nuestras hazañas no deben olvidarse jamás. La gloria de nuestros sables debe vivir siempre. Yo, Gassir, y vosotros, mis hijos, podemos morir, pero sobreviviremos en una canción, que será inmortal.
Después de haber hablado se puso el laúd en bandolera y salió con sus ocho hijos. Lucharon durante ocho días, como corresponde a los héroes. Los sablazos de Gassir hicieron temblar las cuerdas del laúd y el sudor de su frente se infiltró en la madera. Combatieron los ocho días propios de los héroes, y cada día uno de sus hijos murió en la batalla.
El octavo día, el de la victoria, cuando Gassir enterró a su octavo hijo, el gran héroe se sentó en una piedra y por primera vez en su vida derramó lágrimas de tristeza. Su heroísmo había sido inútil. Ahora se había quedado completamente solo y pronto nadie se acordaría de él ni de sus hazañas.


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